lunes, 29 de enero de 2007

Parirás con dolor. ¿Nada más?

JL era un chico alto, de piel aceitunada y sedosa, ojos color miel, cabellos negros cortos y ensortijados. Sus amigos lo llamaban "Lenguas", nunca supe por qué. Esa tarde fuimos a tomar un helado, la actividad típica de las parejitas de adolescentes cochabambinos. Bueno, yo era edolescente, tenía 14 años recién cumplidos, y él me parecía mucho mayor: ¡20 años! Precisamente en esa diferencia de edad estribaba el especial gustito de hablar con él, todo un hombre según mi punto de vista de entonces. Después del helado caminamos y caminamos, hasta que llegamos a la casa de mis abuelos, cerca del puente de Tupuraya. No se animó a besarme en la boca y yo tampoco me lancé, así que todo quedó igual, en ansia, en suspenso. Se fue y yo me quedé a dormir allí.

Al día siguiente me desperté con la novedad: mi primera menstruación. No me quedó otra que decírselo a mi abuela, pues no tenía ropa interior para cambiarme. Ella se emocionó muchísimo, "ay, Marielita, ya eres mujercita, qué bello", me abrazó sonriente y radiante como niña con un regalito nuevo. Yo no le veía nada de bello al asunto, para colmo sin poder ponerme cómoda, tuve que aceptar un calzón de mi abuela (divertidísimo, como se podrá imaginar, ella era bastante regordeta) y salir corriendo a comprar unas horrendas tohallas higiénicas (en esos tiempos había casi sólo Daliah, prácticamente ladrillos). Esa fue la puesta en marcha de mi motor reproductivo.

La primera vez que fui al colegio con menstruación me sentía como un extraterrestre y miraba a todas las chicas que pasaban escrutinando cada milímetro para adivinar cuál sí y cuál no tenía la famosa regla. No fue una novedad en sentido estricto, pues los detalles "técnicos" los conocía desde muy pequeña y me eran familiares. Lo que sí me sacudió fue el hecho de tener una prueba fehaciente de mi feminidad, un indicio tangible e innegable. De niña yo amaba vestir pantalones, treparme a los árboles, sentarme con las piernas abiertas aunque estuviera con vestido, usar zapatos deportivos en vez de los incomodísimos charoles... En fin, envidiaba a los niños que en la hora de Manualidades iban al taller de carpintería mientras las nenas nos quedábamos a bordar flores en un juego de servilletas (tal era mi amor por ese tipo de labor que recuerdo haber elegido una combinación de colores de lo más deprimente: tela gris y flores moradas). Con la menstruación ya no podía hacerme a la loca: yo era una mujer, tenía que convivir con ello y adaptarme o rebelarme, pero partiendo de un hecho, no de conjeturas.

Al inicio los ciclos fueron sumamente irregulares, pasaban hasta 3 meses de clemencia ininterrumpida. Con el pasar del tiempo los intervalos se redujeron pero no se regulizaron, cosa que complicó mi relación con mis entrañas. Finalmente, hacia los 19 años, conocí la dicha: las píldoras anticonceptivas. Regularidad férrea, más puntual que reloj suizo, todo un éxtasis fisiológico. Cuando dejé de tomarlas para hacer descansar a mi cuerpo se me desbarajustó todo de nuevo. Sólo a mis 24 años, cuando me vine a Italia, me ablandé y me amé un poquito más. Llevaba 4 meses de atraso y estaba en pánico absoluto, con las ideas más absurdas en la cabeza. Por primera vez me alegré de que me volviera las menstruación y la viví como algo mío, parte de mi vida y no una intrusión.

Hoy volvió otra vez. ¿Cómo? Bueno, en los últimos 4 años, desde enero del 2003, he tenido 2 partos y 1 menstruación. Muy cómodo, por cierto, pero también muy raro. ¡Con lo que me había costado acostumbrarme a la idea! Creo que esta sequía me supuso un notable endurecimiento emotivo, o será sólo una excusa, quién sabe.

Regresó el dolor, con mucho dolor. Comenzó hace unos días, tuve hasta náuseas, lo cual me hizo sospechar un embarazo y hacerme un test de inmediato. Negativo, claro. Ahora, yo me pregunto, ¿el que escribió eso de "parirás con dolor", no había oído hablar de menstruaciones? El parto es doloroso, faltaría más, pero es un sufrimiento que queda prácticamente borrado por la felicidad de tener un hijo. La menstruación duele menos, pero dura más y no deja nada, excepto absorbentes en los basureros. Bueno, no es cierto, es parte de un sistema que incluye hormonas y otras hierbas. Parece evidente que tendré que reacercarme a mí con ternura y paciencia.

Al final con el chico, Lenguas, no pasó nada. Un año después lo busqué para confesarme con él, andaba muy deprimida, y descubrí que se había vuelto evangélico o algo por el estilo (me dijo que Dios era la respuesta, sin importar la pregunta). No volví a gustarlo. Digo, buscarlo. Años después lo encontré en la universidad y me invitó a una charla de su agrupación (no sé bien cómo llamarla). Yo estaba en una etapa de apertura y experimentación (daba lo mismo que fuera marihuana o un grupillo religioso), así que fui. Y me escapé del lugar apenas pude.

6 comentarios:

  1. Pensaba que mi historial clínico en lo referente a "mis cosas" era de muy señor mío, pero lo de los dos embarazos y una regla en cuatro años es imbatible...

    Yo por desgracia he conocido el aborto espontáneo hace poco (a los tres meses de embarazo) y no ha sido un paseo en barca. Parece ser que todo lo referente al aparato reproductivo (que no sexual) femenino hay que vivirlo mal. Quizás para darle más valor a los hijos. Quién sabe.

    Besos.

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  2. Nos enseñan, con una coherencia y constancia que haría padecer al más metódico, que nuestro cuerpo (el de nosotras, mujeres) nos traerá problemas. Que la regla es incómoda, que necesitamos ir al médico una vez al año por lo menos (claro, lo que llevas entre tus piernas es problemático, seguro se estropeará, te estropeará). ¿Puede alguien decirme cuántas veces al año deben ir los hombres a hacerse chequeos de rutina? ¿Y qué se llama el/la especialista que se los hace? ¿Androcólogo? ¿Penelogista? Yo también tuve algo de lo que cuentas, Carolina. Yo también despotricaba cada vez que me venía. Pero después me pareció maravillosos, todo eso de nuestros ciclos, que está aparejado con la luna, con las mareas, con la creatividad. No intento predicar, pero existe un 'discurso social' que muchas veces nos quita el gusto del cuerpo, el nuestro.

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  3. Seguro. Siempre he llevado mal lo de mis reglas irregulares y dolorosas, pero he de decir que cada vez que comenzaban a llamar a la puerta, con su indolencia y desidia, era un pequeño triunfo: menos mal, aquí están de nuevo. Algo así. Como si me reconciliase con mi feminidad.

    Claro que hay que reconciliarse con el cuerpo. Si no, yo ahora estaría devorada por los complejos de culpabilidad, que me dicen de vez en cuando que lo me ha pasado hace pocos meses es debido a esta patología mía. En mi caso, esta experiencia me ha dado mucha energía para concentrarme en las cosas que me dan la chispa. Estoy mucho más creativa y emprendedora.

    La experiencia de Mariela me ha dado ánimos. No hay nada escrito, la vida son páginas en blanco que rellenamos a veces nosotros y, más a menudo, se rellenan ellas solitas. Y hay que permitírselo.

    ¿No se dice que la vida es lo que nos pasa mientras nos empeñamos en hacer planes?

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  4. Cierto, la mayor parte del sufrimiento es adquirido, social. Recuerdo que de adolescente me avergonzaba bastante de las reglas, una vez tenía que comprar tohallas higiénicas y en la tienda de a lado de mi casa estaban unos choferes de micro charlando con la casera. Volví sobre mis pasos y esperé pacientemente a que se fueran. En las tiendas bolivianas vendían, y seguramente lo seguirán haciendo, las tohallas higiénicas envueltas en papel de periódico. Como para que no se note lo que llevas bajo el brazo. Pero si ponen ese "papel de regalo" sólo a esos productos es ya evidente de qué se trata, ¿no? Jajaja, ahora me río como loca.

    Ya antes de tener hijos había pensado que tenía que ser una experiencia muy hermosa, para tener que pagarla en no tan cómodas cuotas... Poco a poco me fui abuenando con mi cuerpo, sobre todo con los embarazos y los partos. Son experiencias fenomenales, sobre todo sentir al niño que se mueve dentro de tu cuerpo. El otro momento mágico es la primera vez que lo tocas. El mundo da vueltas, el sol salta y baila.

    Abuenarse con el cuerpo es indispensable. Mimarse, adorarse, acariciarse... Y las entrañas, aunque intocables, están siempre presentes, ¿por qué ignorarlas? ¿No merecen o necesitan el mismo tratamiento? No el tratamiento ascéptico del médico, claro, sino aquél cariñoso y tierno de su dueña. La verdad, con la falta de práctica de los últimos años había perdido la costumbre, la habilidad de tomar como natural este flujo de vida y muerte, de creación y finales. Un amigo muy querido me hizo sonreir cuando comentó la noticia con un "¡bendita sangre!". Y es verdad, bendita.

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  5. Coincido plenamente con ustedes. Y me pregunto también sobre los hombres, lso varones, el apdre, el hermano, el compañero, y todos los hombres en general: cómo viven su cuerpo, cuánta 'presencia' tiene ese cuerpo en su vida, en su estar, más allá de las pulsiones sexuales que la sociedad les enseña a ventilar en público ¿miman los hombres a su cuerpo?
    El nuestro es in-ignorable por la sangre, por los ciclos. ¿Y el de ellos?

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  6. Mi cuerpo de hombre: lo baño en la mañana y lo vuelvo a bañar en la noche (cuando tengo ducha; cuando no tengo, empiezo a heder). Me gusta comer, soy goloso, insaciable, trago, pero también sé y puedo aguantar el hambre. Como platillos enteros de llajua. Me lavo los dientes cuatro veces al día. ¿Qué mas? Orinar: no me gustan los baños, prefiero hacerlo al aire libre, contra el tronco de un árbol, un poste de luz, si no hay mirones muy cerca (recuerdo al beniano de tribu que meaba de sentado, sin buscar parecerse a las mujeres, parece que entre su gente era común hacerlo así). Cuando uno se aguantó un buen rato, es tan bueno echar el chorro. Defecar: en privado nomás; y es agradable, alivia. Me gusta sudar -- el sudor sale de dentro del cuerpo ¿no? -- agotarme, exprimir mi cuerpo. Vi, asistí a parir a la que fue mi mujer y supe que tiene que ser duro, la cosa difícil que le pasa a un cuerpo, fuera de nacer, que debe de ser el mayor trauma, y de algunas muertes. No creo que haya nada mejor en la vida que hacer el amor, y eso lo hace, en gran parte, el cuerpo, ciertas partes del cuerpo ¿sí? Cosa buena son las partes suaves, redondas de los cuerpos de algunas mujeres; me gusta especialmente eso que tienen abajo de las nalgas, donde estas se vuelven piernas, esa como redondez adicional, como la sobra puede ser necesaria (nada que ver la de Beauvoir que quería mujeres lineales, se rayaba). Dice Bloch que con hambre, un hombre, una mujer olvidan, inhiben su libido. No será buena un hambre permanente, pero conocerla, sí, para conocerse (hice dos huelgas de hambre de siete días cada una, cuando muchacho). No me miro mucho al espejo, pero uso las caras de los demás como espejos: trato de ver en sus ojos qué piensan, qué creen de mí -- los ojos son parte del cuerpo. ¿Qué otra cosa? Ah, ahorita mi cuerpo en su porción patas huele a queso rancio, no me saqué los zapatos sucios en todo el día y ya es de noche. ¿Cómo hago? Una más: placer algo menor que eyacular: la horquilla sacando la grasa de mi oreja, movida suave por mi madre, sobre su cama, hace treintaicinco años.

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